Cuando la protección se transforma en terror

image_235Publicado en febrero 2, 2014 en la Buhardilla de Álber
Este artículo es muy diferente de los demás que he escrito en esta Buhardilla. Por varias razones. En primer lugar, porque voy a tratar de reflejar los hechos más que mis propias opiniones. Creo que, de lo contrario, estaría restando credibilidad a los terribles acontecimientos que han sucedido hoy al filo de las dos de la tarde en la calle San Lorenzo de Valladolid. Sin embargo, y esta es la segunda diferencia, no puedo dejar de contar la experiencia desde un punto de vista personal y directo, ya que yo mismo he sido víctima de lo ocurrido. Se lo debo a la honestidad y a la coherencia.
A la 13:30 de la tarde aproximadamente finalizó en la Plaza Mayor la lectura de un manifiesto por parte del representante de “Parados en Movimiento”, organización que había convocado la manifestación por el centro de la capital del Pisuerga en protesta contra las políticas del Gobierno de España, y a la que se habían unido decenas de colectivos y ciudadanos anónimos. En total, varios miles de personas se concentraron en la histórica plaza principal de la ciudad pucelana.manifestacic3b3n-convocada-por-parados-en-movimiento-12
Con posterioridad, algunos manifestantes, apenas un centenar, continuaron marchando por los alrededores de la Plaza de Coca, porque alguien había informado de que en dicha zona se encontraban los miembros que habían participado en la Convención del Partido Popular, celebrada desde el viernes en el Auditorio Miguel Delibes. Finalmente llegaron a la puerta del emblemático restaurante “La Parrilla de San Lorenzo”, donde se detuvieron. Al parecer, allí estaban comiendo miembros del Gobierno y del PP.
Concentración frente a Parrilla de San LorenzoInmediatamente se vieron rodeados por miembros de la Policía Nacional, que se desplazaron a pie y en furgones hasta el lugar. No había gran diferencia entre el número de agentes y el de ciudadanos reunidos. Después de apenas cinco minutos, durante los cuales los manifestantes no incurrieron en ningún tipo de acto violento ni de provocación, más allá de su pacífica protesta –principalmente entonando el lema “vuestros sobres son nuestros recortes”–, la Policía decidió disolver por la fuerza la pequeñísima concentración, cargando brutalmente contra los allí congregados.
Nadie había hecho el más mínimo ademán de entrar en el establecimiento, ni siquiera de bajar las escaleras de piedra que preceden la entrada, que tal vez hubieran podido justificar una intervención policial de corte disuasorio y sin violencia. Sólo gritaban y protestaban.
Se sucedieron gritos de terror y pánico. Sobresalió el chillido desquiciado de una chica que observaba cómo agredían a su compañero. Los antidisturbios –aunque allí no existía disturbio alguno– detuvieron a varias personas y golpearon con extremada y desproporcionada violencia a todo el que no se alejaba, arrojándolos al suelo o golpeándolos en cualquier parte de su cuerpo. Un buen número de víctimas eran personas de mediana edad, en torno a los cincuenta años. Había miembros de la asociación “Parados en Movimiento”, del 15-M y de otros colectivos, además de personas anónimas. Un hombre que pasaba de los sesenta se sentó en un banco, doliéndose ostensiblemente en la zona de la ingle, donde le había impactado una porra. Un policía que lucía un canoso bigote de principios del siglo XX llamó a voz en grito “parásito social” a un hombre que rondaba la ancianidad y que le estaba recriminando su actitud.
Algunos de los pocos que quedaban en el lugar insultaban a la policía, pero eran muy pocos. La mayoría se retiraban despavoridos o trataban de hablar y pedir explicaciones a los agentes. Estos, completamente reacios a contestar y a razonar mínimamente, simplemente avanzaban con determinación e instaban con agresividad a que todo el mundo abandonara el sitio. Lo cual finalmente ocurrió, a excepción de unas decenas de personas que se quedaron interesándose por los heridos o detenidos.
Después, la Policía mantuvo un perímetro de seguridad en torno al restaurante propio del que se hubiera establecido en caso de atentado terrorista, impidiendo a las personas que avanzaran en dirección a la calle María de Molina o por la pequeña vía de Pedro Niño.
Los acontecimientos también han sido constatados y reflejados por el medio digital Último Cero.

http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=Teu9NzkMEqA

Hasta aquí, la visión global de los hechos contemplados, tal cual sucedieron. Ahora, pasaré a relatarlo desde mi posición personal.
Yo me encontraba siguiendo la marcha en calidad de periodista. Sobre todo captaba imágenes. En ellas se puede apreciar claramente lo inofensivo de la concentración y la veloz toma de posiciones de la Policía.
Instantes antes de que los antidisturbios comenzaran a cargar, uno de los agentes se acercó a mí y me solicitó agriamente la documentación. Le pregunté la razón por la cual la necesitaba y reiteró su petición con mayor virulencia, sin dejar de mirar hacia mi teléfono. Le expliqué que era periodista y estaba tomando fotos, pero no le importó. Iba a retenerme, cuando de pronto uno de sus compañeros le dijo que había que cargar. Eso me salvó. Irónicamente, fue la violenta disolución de la reunión la que impidió que me requisaran el dispositivo móvil o que me detuvieran.
Acto seguido, reflejé como pude, a distancia, algunas imágenes de la desmedida actuación policial. No está muy bien grabado y en absoluto se observa todo lo que pasó, pero es el único testimonio visual que pude recoger, ya que estaba asustado y temía que me agredieran.
No obstante, el verdadero miedo en el cuerpo me invadió con posterioridad, cuando, una vez que la agresión cesó, me acerqué a los agentes para tratar de recabar su punto de vista sobre los hechos. Algunos simplemente se negaron a hacer declaraciones y no me miraron, pero hubo uno de ellos, un policía joven, de veinte y algunos años, que se fue a por mí. Totalmente fuera de sí y soltando saliva por la boca, colocó sus pies sobre los míos y me gritó. Me pidió la acreditación. Le expliqué que yo estaba allí recogiendo los hechos y que no disponía de acreditación, pues se trataba de unos sucesos que estaban ocurriendo en la calle, no en el contexto de un evento que la requiriera, pero él bramó que yo era un particular. Me conminó a que pusiera pies en polvorosa con una virulencia que pocas veces he visto en persona alguna. Cuando me iba a dirigir a mi casa –continuando por San Lorenzo y Santa Ana en dirección a la Plaza Zorrilla– me bloqueó con sus brazos el paso y me impidió seguir caminando. Tuve que regresar dando la vuelta por la Plaza Poniente y a través del Paseo de Isabel la Católica. Hasta que no llegué a mi casa no me sentí seguro.
Aún ahora, varias horas después, sigo con el miedo metido en el cuerpo. Jamás pensé que en mi propia ciudad mis ojos algún día contemplarían como se apaleaba brutalmente a ciudadanos simplemente por enunciar proclamas de protesta. Nunca imaginé que algún día sobre las calles de mi localidad natal, por ejercer mi profesión, me iban a tratar como a un delincuente. Ni en mis peores pesadillas pude suponer que algún día se me iba a impedir pasear libremente por una de esas calles. Ni siquiera en los más pesimistas de mis augurios me planteé que algún día sentiría auténtico terror provocado por aquellos que supuestamente han de proteger a la ciudadanía. De hecho, no estoy seguro de que escribir esto y colgar las imágenes no me acarree algún tipo de consecuencia negativa. Hoy, por primera vez en mi vida, no me siento seguro en mi país al hacer uso de la libertad de expresión.

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