Melilla: Triple salto hacia El Dorado

La frontera entre España y Marruecos en Melilla el 16 de octubre pasado. (Foto Pierre-Philippe Marcou. AFP)

La frontera entre España y Marruecos en Melilla el 16 de octubre pasado. (Foto Pierre-Philippe Marcou. AFP)

De la África negra, el camino ha sido largo, pero Europa está, por fin a la vista. Queda la última etapa: trepar las tres vallas del enclave español bajo fuego de los gendarmes marroquíes y de la Guardia Civil. Un estremecedor relato de François Musseau para Libération 22-11-2013. 

La tarde llega, hacia las 19 horas, cuando los rastreos de la policía marroquí han cesado, Dream All Good retoma fuerzas. Se anima y parte con sus compañeros de fortuna, sus bromas y su sentido del ritmo. Dream All Good, es el nombre artístico que se ha dado el camerunés Jacky (1), un armario de 22 años y la voz de tenor.
Bajo la luz difusa de una media luna, en medio de un bosque de pinos marítimos, improvisa un rap contando su suerte precaria, su largo viaje que comenzó en Douala en 2009, las mentiras a su madre, de vez en cuando por teléfono (“Todo va bien, mamá, voy a comenzar a trabajar pronto”), las zurras de los paramilitares marroquíes y luego el frío de la noche, el hambre, las carreras locas para huir de los golpes, la agotadora existencia de bestia acorralada.5
Gachas de harina, sardinas y migas de pan.
Una tarde más y siempre el mismo ritual: Dream All Good y una decena de compatriotas, sentados sobre rocas ante una comida rudimentaria -de migas, de sardinas y de hogazas de pan- vuelven la mirada hacia su objetivo, su sueño, el objetivo último de su interminable odisea. Desde lo alto de un promontorio pedregoso ellos contemplan miles de luces de Melilla, ese confeti español situado en el litoral noreste de Marruecos, única frontera terrestre, con Ceuta, que separa África y la Unión Europea. Desde donde se ven con nitidez los focos del aeropuerto, el alumbrado de la avenida periférica y todos los puntos brillantes de la ciudad; al lado, hacia el este las luces de Beni-Enzar (la aldea marroquí fronteriza) parecen, en comparación, luces de velas.
Las miradas de los jóvenes cameruneses seguramente fijas sobre Melilla, atrapados, absortos, como los niños delante de un árbol de navidad. Algunos se han refugiado en el silencio, perdidos en una contemplación soñadora; otros se desahogan y liberan sus sentimientos, como Peter que exclama: “Melilla la bella, Melilla Babilonia ¡cómo te quiero!”
Chándal gris con capucha y vaqueros gastados, Dream All Good habla, con profusión, tomado de una sed de palabras inextinguible. Sus compañeros le escuchan religiosamente, como si les prestara voz de manera fiel y justa: “Nos tienen que comprender. Ahí abajo está España y luego Europa. Nosotros, hace dos, tres, cinco años que abandonamos nuestras familias y el Camerún. Hemos recorrido países y comisarías de policía, nos han golpeado, robado y abandonado en el desierto. Hemos tenido que mendigar y vivir con nada; y luego, hoy España está a la vista. ¿Os imagináis?”
Queda, de todo su recorrido migratorio, la última etapa, ciertamente la más dolorosa, la más peligrosa. Comienza precisamente en estas alturas del monte Gurugú, donde 300 a 400 africanos (guineanos, cameruneses, de Costa de Marfil, malienses, senegaleses, nigerianos…) viven como pueden, en esta zona pedregosa cubierta de densos pinos. No tienen más que una idea fija: el momento propicio, deslizarse hacia la frontera de Melilla, flanquearla clandestinamente y, una vez en territorio español, ir al centro de internamiento temporal para inmigrantes (CETI), de donde, un día, serán forzosamente transportados hacia la península, después dejados en libertad. Dicho de otro modo. Los ojos brillantes, la palabra solemne, como si anticipara una pregunta: “¿Entonces volver? !Jamás! No queda más que una última etapa, después de tan largo viaje. Es como si después de construir una casa, no queda más que colocar el techo y que te pidan que aceptes que todo el edificio se derrumbe. Nuestro destino está allí, delante, luminoso, no detrás nuestra, a nuestra espalda, todo oscuro” Pasaporte para el Dorado europeo en el bolsillo. Antes de dar el salto improbable de la frontera, la primera apuesta es sobrevivir en el monte Gurugú. otra
«Redadas donde se despliegan como pulpos»
Durante mucho tiempo, los subsaharianos han sido tolerados por las autoridades marroquíes -aunque fustigados como “ilegales”- y las organizaciones humanitarias estaban autorizadas a ayudarles. Pero, el año pasado, Rabat ha apretado las clavijas, declarando a estos inmigrantes “indeseables”: en febrero, la tienda de MSF (Médicos Sin Frontera) plantada sobre un promontorio ha sido desmontada para ser reemplazada por una unidad móvil de Fuerzas auxiliares con camiones, focos y hombres bien entrenados. Su misión: “limpiar” el lugar para cumplir las cifras de detenciones fijadas, interpelar lo más posible a los clandestinos. «Estos policías son jóvenes, ágiles, muy deportistas, y también incultos, muy violentos, los peores», enfurecido Adil Akid, miembro del Movimiento de Derechos Humanos (MDH), que intenta echar una mano a los africanos, «desde ahora abandonados a su propia suerte». Cada día, los subsaharianos refugiados en las alturas del Gurugú deben plantar cara a dos batidas de «Ali», nombre con que designan a las Fuerzas auxiliares marroquíes. La primera entre el alba y el medio día, la segunda entre las 14 y 17 horas, cuando la voz del muezzin de Beni-Enzar resuena. Al escuchar el relato escalofriante de Samuel, un camerunés de 27 años, informático y cultivado, las batidas hacen pensar en La Caza del Conde Zaroff, la novela de Richard Connell, adaptada en 1932 (2), donde la caza es humana. «Ellos se despliegan de todos lados, como pulpos, imposible de saber de dónde van a surgir, y corren muy rápido. Es por lo que se duerme con los zapatos y el anorak puesto, en alerta, listos para correr. Como animales.»
Dispersados en pequeños grupos para pasar la noche en el bosque, sobre el suelo, los africanos apenas descansan, con miedo, saben que son presa. «Boumla» (!peligro!), grita el primero que detecta la llegada de los Ali al menor signo de aproximación. Entonces una desbandada desenfrenada hacia un refugio natural, una cavidad rocosa, un escondrijo en un barranco. «Si se tiene suerte de encontrarlo hay que quedar horas sin moverse, en la esperanza de no ser descubierto, prosigue Samuel. Si es cogido es terrible. Lo muelen a golpes de porras y bastones, sobre todo en las rodillas y en la cabeza. Los Ali nos quitan todo: el dinero, los móviles, los zapatos y nos llevan en las furgonetas.»
Dirección Oujda, luego a tierra de nadie, tras la frontera con Argelia. Allí, la mayor parte llegan a Maghnia, en la costa argelina, donde se puede rebañar un poco de dinero como albañil u obrero agrícola. «Allá, la policía es más humana, pero nos bloquea el acceso hacia Argel, entonces no hay elección hay que volver a Marruecos, después al Gurugú para alcanzar Melilla.» Un camino de Sísifo que Samuel ha recorrido ya en tres ocasiones, cada vez escondido en un tren de mercancía amenazado de ser cogido por los gendarmes marroquíes. Otros circulan por la noche en un taxi pirata por 300 dirhams (30 euros); los más pobres deben optar por marchas nocturnas durante cuatro o cinco días. De estas marchas los malienses Omar y Boubacar Sidibé, 23 y 25 años, hermanos inseparables tienen sus zapatillas gastadas: ya dos viajes agotadores en cinco meses. Ellos no se preocupan de las idas y vueltas, «Melilla vale todos los sacrificios». La obsesión es flanquear la valla, la triple alambrada que encierra la ciudad española en 11,5 kilómetros y es frontera con Europa. «Y la mejor manera de alcanzarla, dice Omar, es de subirla masivamente, como una armada.»
El 17 de septiembre, Omar y Boubacar formaban parte de un «batallón» de 300 africanos escalando la valla a cuerpo descubierto, pies y manos desnudos para mejor agarrarse.
Al principio seis metros de altura, después cuatro metros, al final de nuevo seis metros, cada alambrada está separada de la otra por un corredor de un metro de ancho. Una especie de triple salto que hay que realizar en un tiempo record porque, durante la escalada, hay riesgo de recibir por detrás las piedras de los gendarmes marroquíes y por delante las balas de caucho de los guardias civiles españoles. «Pasamos la primera alambrada, pero en las otras nos caímos, prosigue Omar. Nos devolvieron a la costa marroquí, los gendarmes se desquitaron suciamente de nosotros.» Muestra las cicatrices sobre el busto y un brazo partido, este brazo que fue doblado por los porrazos mientras se protegía la cara.
Ese día, veintitrés subsaharianos resultaron gravemente heridos -seis perdieron un ojo- llevados y curados al hospital de Nador gracias al arzobispo de esta ciudad marroquí situada a cerca de 50 km de allí. De los 300 «asaltantes», una centena ha podido pisar suelo español y correr hacia el CETI, jugando al gato y al ratón con los guardias civiles y los ARS, de las fuerzas antimotines especialmente enviadas de Madrid. blog-vallasdesangre06
«Ellos golpean, muerden y gritan, no tienen nada que perder»
Dos días después, el 19 de septiembre, nueva escalada masiva proveniente del Gurugú: 200 probaron suerte (entre ellos los hermanos Sidibé et Samuel), una decena solamente pasa las mallas del cerco. Enloquecida, la prensa de Melilla titula: «Asaltos de subsaharianos», «Avalancha de africanos», «Agresión masiva». Filmados por las cámaras de vigilancia, las espectaculares imágenes darán la vuelta al mundo via YouTube (3). Y es a iniciativa de la Guardia Civil (es decir, del Ministerio del Interior) que difundiendo este vídeo, parece decir al resto de Europa:
«¡Mirad, somos invadidos por esta horda de salvajes, ayúdennos!» «Nada de eso, corrige el subteniente Juan Antonio Rivera, hemos querido solamente mostrar la realidad, la cruel realidad.»
Al volante de un todo-terreno que nos hace visitar el trazado sinuoso de una punta a otra de la valla, este responsable de la Guardia Civil (600 hombres en Melilla, y otro tanto de policías nacionales) intenta decir esto: al tratar de flanquear esta triple valla de vértigo, los subsaharianos juegan a doble o nada y son cada vez más agresivos. «Nosotros también tenemos heridos, con frecuencia se enfrentan a nosotros cuerpo a cuerpo, ellos muerden, gritan, golpean, no tienen nada que perder.» El subteniente asegura que los detenidos son “tratados bien” e inmediatamente devueltos a Marruecos. Opinión negada en bloque por los humanitarios y todos los africanos del Gurugú para los que los guardias civiles son hoy día tan brutales que sus alter ego marroquíes.
En el corazón de Melilla, en la Comandancia (el inmenso cuartel de hormigón de la Guardia Civil), Juan Antonio Rivera describe con orgullo la sala de control, donde once pantallas permiten visualizar las imágenes captadas noche y día por la centena de cámaras colocadas a lo largo de la valla. En la jerga local, esto se llama sistema integral de impermeabilización fronteriza, la SIPR. Un objetivo, más que una realidad: según la Guardia Civil, 1.700 africanos han podido flanquear la triple valla en 2012, y al menos 3.100 este año. Las tentativas no van a cesar: de acuerdo con el prefecto de Melilla, Abdelmalik Al-Barkani, habrá – además de los 400 Africains del Gourougou – entre 1.500 y 2.000 Subsaharianos y Magrebíes alrededor de Nador, en los campos de Silwan, Afra o Marjane. Todos candidatos para el «gran salto» hacia Europa.
En fila india en el visor de las cámaras térmicas. El fenómeno continua una decena de años, con varios asaltos masivos en 2005 y 2006. Desde entonces la valla ha sido elevada dos metros y reforzada dos veces en grosor por los españoles. Sin éxito: la frontera sigue porosa. Rivera: «Prueba que estas gentes desesperadas se burlan de la crisis. El gota a gota no ha cesado jamás: si los asaltos masivos son poco frecuentes, pequeños grupos de cuatro o cinco intentan su oportunidad cada semana.» Y sería bastante peor, añade, si la gendarmería marroquí no actuara con firmeza contra los «ilegales». Sería mucho peor, también, si la Guardia Civil no dispusiera de cámaras térmicas, que permiten, durante la noche ver llegar de lejos los africanos descendiendo en fila india del monte Gurugú. En la sala de control, un agente pasa un vídeo en blanco y negro que había permitido abortar un reciente asalto masivo a la frontera. El suelta, entre risa y fascinación: «Esto me hace pensar en las migraciones de ñus en las planicies del Serengeti, en Tanzanie.» Otro agente: «a mí, me recuerda una película de zombis. Cuando pienso que son humanos, es horrible llegar allí. Cuando corren, ¡Se diría que están poseídos por el demonio!»
Enclavada en el litoral norte africano, en 12,3 modestos km2, el enclave de Melilla y sus casi 80.000 habitantes es una supervivencia colonial, una esquina de España anacrónica que, en la práctica es un formidable imán de riqueza y prosperidad. De un lado a otro de la frontera, la diferencia de nivel de vida es de 1 a 13 -una disparidad dos veces superior que entre Estados Unidos y Méjico-. Aquí las yuntas de burros tiran al diablo por la cola; allá pisos modernos y el confort europeo. Cada día, en el puesto de Beni-Enzar, se cuenta entre 30.000 y 35.000 entradas del lado marroquí (y 7.000 vehículos), para lo esencial del contrabando.
A nado, en barco, bajo un camión…
A esta presión humana, hay que añadir las tentativas de paso clandestino de subsaharianos, argelinos, y más recientemente de sirios. «La próspera Melilla, tan pequeña, frente a tanta pobreza, es un cuello de botella. Resume José Palazon, de la ONG Prodein. “Las olas de miseria golpean con cada vez más fuerza” Y todos los medios son buenos para poner el pie en la Babilonia europea. Con falsos documentos (una media de 2.000 euros), a nado (muy difícil, por la vigilancia marítima), en Zodiac (entre 1.500 y 2.000 euros), en barcas (con mujeres en cinta o niños de corta edad, no expulsables) bajo un camión o metidos en la carrocería de un vehículo (entre 2.500 y 3.500 euros). «Aquellos que intentan la escalada de la valla después del Gurugú están sin dinero, precisa Adil Akid. Es el único medio gratuito. Y el más desesperado.»
El 17 de septiembre, acompañado de otros cien, el maliense Daniel, de 23 años ha dado el grito de victoria de rigor: «!Bouza!» Después de la escalada de la valla, esta bola de músculos ha llegado a las puertas de la «City», como la llaman los africanos. En el centro de internamiento temporal de inmigrantes la partida está ganada. Luego, no es más que una cuestión de tiempo. Una pequeña ciudad divertida al final de Melilla –al lado de un terreno baldío y de un impresionante campo de golf– donde se amontonan 893 migrantes para una capacidad de 480 plazas. Se distribuye a cada uno tres comidas al día, sandalias, jabón, una toalla y manta. “¡Todavía no me lo creo, venir del Gurugú y ahora este palacio!”
Daniel se acuerda claramente del 10 de enero de 2010, cuando abandonó Bamako, rogó a Alá y besó a sus cuatro hermanos y hermanas. Luego Kidal, la ruta del desierto, Adaral y Maghnia en Argelia, para acabar en Melilla. «Es una hazaña haber llegado aquí, lo juro». Camiseta del FC Barcelona, pelo corto, el mata sus tardes en el lecho seco del río junto al CETI, lleno de basura. Junto a él, una decena de otros malíes, invadidos también por el aburrimiento y una inquietud sorda: «No se sabe cuánto tiempo se quedarán aquí, esto es duro, se lamenta Salif, 24 años. Soy joven, quiero fundar un hogar y pierdo mi energía».
La estancia en el CETI parece una clase de limbo: se pierde la noción del tiempo. A algunos les queda tres meses a otros tres años.
Se vaga por Melilla, mal visto por los locales y se contacta con la familia que ha quedado en el país. Cada semana, las autoridades españolas transfieren entre 30 y 40 personas a la península. «Nosotros mismos no conocemos bien los criterios de selección, confía Carlos Montero, presidente del CETI, que depende del Ministerio de Asuntos Sociales. Nuestra dificultad es gestionar esta angustia. Y plantar cara a su increíble desconfianza: su periplo ha sido una serie de sufrimientos y de palos, no confían más en las personas. Pero una cosa es segura, son todos atletas, físicamente y mentalmente». Curiosamente los africanos que han podido escalar la triple valla no se acuerdan más de los largos meses pasados en la sima del Gurugú. O bien no quieren hablarlo. Una suerte de amnesia los ha tocado. “Es un auténtico infierno allí”, ¡ellos quieren olvidar ese lugar! Exclama este voluntario canadiense, que les ha socorrido mucho tiempo. Los he visto llorar ante la mera idea de volver. No tienen todos almas de guerreros. Muchos son diplomados, les horroriza la violencia policial, atrapados en esta ratonera. Hablan poco, pero sé que si son devueltos a sus casas, a pesar de todo el deshonor que supone, a pesar del hecho de volver al lugar de salida, rebuscar un poco de dinero, pagar los pasajes, volver a atravesar el desierto, arriesgar de nuevo su piel.»15
Aseo en la fuente
Vuelta al Gurugú. Esta noche, los dos hermanos Sidibé han ido a comprar víveres al pueblo de Beni-Enzar, pan y sardinas. También lejía para su aseo mensual en la fuente, allá arriba. Omar: «Los habitantes nos tratan como apestados. Prohibido entrar en una cafetería o en una peluquería; más fácil en un cyber-café «donde los gendarmes nos pueden coger. Pero, bueno, hay que arriesgarse para enterarse de las novedades de la familia y saber cómo va el mundo». Él y Boubacar no pierden la sonrisa por ello. Esta tarde hay reunión con los «jefes» para decidir un asalto masivo a la valla. Los jefes, es decir, los más experimentados, aquellos que conocen los buenos itinerarios, saben estimar los peligros y las oportunidades.
Hacia media noche, cuando el helicóptero de la Guardia Civil no perturba más el silencia de la noche, un consejo improvisado tiene lugar. Decenas de africanos se juntan intensamente para escuchar. Entre ellos los hermanos Sidibé, Samuel, Dream all Good y sus compañeros cameruneses. Así como el maliense Sékou Touré, un jefe, tres años de permanencia en el bosque del Gurugú y solamente dos tentativas verdaderas -abortadas- sobre la valla. «He descendido a Melilla decenas de veces, pero más frecuente es más peligroso. Demasiados policías. Hay que echarse atrás.» Bastante antes del alba, hacia las 4 horas de la mañana, hay casi doscientos para intentar una aproximación. Ellos dan media vuelta. Otro día, tantos días que necesitarán, ellos intentarán de nuevo…
(1) Los nombres de los subsaharianos han sido modificados a petición suya.
(2) Adaptado al cine en 1932 por los americanos Schoedsack et Pichel.
(3) www.youtube.com/watch?v=MjYW3bdi0Fw

Traducción para este Blog de Juan José Rodríguez.

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