Recordando Halabja

Monumento en memoria de la masacre de Halabja

Monumento en memoria de la masacre de Halabja

Por Verónica Vadillo*
Halabja me ayudó a recuperar esa capacidad de asombro, me recordó esa asombrosa cualidad del ser humano que le permite sobreponerse a lo peor y también, todo lo malo que podemos ser capaces de hacer en determinadas circunstancias. Y yo desde aquí, sólo puedo devolvérselo resumiendo su historia, contando sus motivos y recordando aunque nos parezca incomprensible, cómo gracias a la invasión, ellos han conseguido homenajear y dignificar la memoria de sus muertos.————————–


Kurdistán es un territorio indefinido, sin contornos. Dividido entre cuatro países, sumido en contradicciones centenarias y en violencias sectarias que llevan lastrando el bienestar de su gente durante demasiado tiempo.
En el estado español, esta región sin acceso al mar situada en Asia menor, empezó a ser conocida gracias a la intervención de nuestras fuerzas armadas (nada de fuerzas de paz o voluntarios en misiones humanitarias) en la invasión de Iraq. Puede que para un avezado lector entre las crónicas de guerra, llamara la atención las menciones sobre la posición estratégica del pueblo kurdo, y su apoyo al ejército estadounidense.
Y es que en el norte del país viven nada más y nada menos que cerca de cuatro millones de personas, que durante años estuvieron sometidos a la brutal represión del régimen de Sadam Husein y que paradójicamente para nosotros, vivieron como una verdadera “liberación” la invasión americana. Puede que muchas veces desde la distancia no entendamos los motivos, pero cuando estábamos manifestándonos en contra de la guerra, que desgraciadamente acabó y sigue acabando con cientos de inocentes iraquíes después del conflicto, también había gente allí, casi al mismo tiempo, que no entendía por qué no apoyábamos su supervivencia y sobre todo por qué no lo hicimos antes, por qué no intervenimos ahorrándoles mucho sufrimiento.
Cuando estuve en Diyarbakir (Turquía) capital histórica del Kurdistán y bellísima ciudad enmarcada a base de piedra y humo, asistí a una exposición fotográfica al aire libre sobre uno de los mayores genocidios perpetrados en el norte de Iraq contra la minoría kurda, en el pueblo de Halabja. Recuerdo que salí mareada por las imágenes, sintiendo los ojos sin vida de los muertos en el ataque agujerearme la conciencia y sin entender cómo alguien fue capaz de llevar a cabo semejante monstruosidad. Desgraciadamente ni siquiera imaginaba que lo que ocurrió allí, fue una parada más en el plan sistemático de exterminio del pueblo kurdo que puso en marcha el gobierno del partido Baaz. La denominada campaña u operación Al-Anfal se extendió desde el año 1986 hasta 1989, donde se estima se destruyeron unas 4.500 aldeas kurdas, obligando a más de un millón de familias a huir de sus casas para salvar la vida y en la que desaparecieron miles de personas.
Tal vez las casualidades no existan, pero sólo un par de meses después de ver la exposición fotográfica, cuando de mi mente se iban desdibujando los recuerdos tenebrosos de aquellas fotos, tuve la oportunidad de visitar aquel lugar, Halabja, en una visita de cortesía que la asociación juvenil kurda-turca con la que estaba trabajando, llevó al cabo a la región autónoma del Kurdistán iraquí. La sensación que me invadió nada más bajar de la furgoneta que nos llevaba, fue de desolación, miraba a mi alrededor y sólo veía tierra quemada y arrasada por la violencia, de la que no se puede despegar el recuerdo de lo sucedido. Allí un 16 de marzo de 1988, aviones del ejército iraquí comenzaron a bombardear el centro habitado de la ciudad con toda clase de armas químicas, napalm, gas mostaza, sarín… Unas 5.000 personas murieron directamente tras el ataque, sin embargo, alrededor de 10.000, no tuvieron tanta suerte y sufrieron heridas de diversidad gravedad, consecuencias físicas y psicológicas, que años después de la masacre pervivían como un macabro recordatorio, en malformaciones fetales y diversos tipos de cánceres con gran incidencia entre la población.
Visitamos el monumento recordatorio de la tragedia, donde se exponen de forma permanente las fotos que había visto en Diyarbakir, junto a otras fotografías muy distintas que muestran al pueblo antes de la tragedia, al liderazgo tradicional de las mujeres, al desarrollo que poco a poco y con mucho esfuerzo iban alcanzando, hasta que aquella locura acabó con todo, ese fatídico 16 de marzo. En el corazón del monumento los nombres de los fallecidos decoran las paredes organizados por familias y la estructura está coronada por una espectacular cúpula con los colores del pueblo kurdo. La visión es sobrecogedora, y más cuando algunos de los supervivientes te cuentan la historia de aquellos que has visto anteriormente en las imágenes, y a quien ahora puedes ponerle nombre, además de cara. La última parada es el cementerio, y allí acabas por sentir el inmenso vacío que te va acorralando a cada paso desde que llegas y la inmensa incomprensión mezclada con rabia.

La ciudad de Halabja hoy día, parece que ha pasado un huracán por ella, no se ha recuperado de lo que pasó hace 35 años
La ciudad de Halabja hoy día, parece que ha pasado un huracán por ella, no se ha recuperado de lo que pasó hace 35 años

Éste mes se cumplirán 35 años de la tragedia, y puede que algún telediario o periódico señale la efeméride, aunque lo dudo, hay otras urgencias informativas y corrupciones políticas, que nos impedirán acordarnos de ellos. Sin embargo, es bueno mantener la memoria fresca y dejarse impresionar por las imágenes, de las que parecería que ya somos totalmente inmunes.
Halabja me ayudó a recuperar esa capacidad de asombro, me recordó esa asombrosa cualidad del ser humano que le permite sobreponerse a lo peor y también, todo lo malo que podemos ser capaces de hacer en determinadas circunstancias. Y yo desde aquí, sólo puedo devolvérselo resumiendo su historia, contando sus motivos y recordando aunque nos parezca incomprensible, cómo gracias a la invasión, ellos han conseguido homenajear y dignificar la memoria de sus muertos.
* Verónica Vadillo es periodista, pertenece al grupo de solidaridad de la APDHA en Cádiz y acaba de volver del kurdistan turco donda ha estado seis meses participando en proyectos de cooperación.

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